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Vinos & Sabores Revista




Roberto Devorik conoce algunos secretos: sabe perfectamente cómo se puede ser elegante en el mundo de las computadoras y de la globalización. Para el director de Ralph Lauren en Sudamérica de lo que se trata es de mantener un estilo, educar, tener convicciones. En esta nota, en la que no se habla de su amistad con la Princesa de Gales (eso lo dejamos para otro tipo de medios) nos cuenta ese otro estilo.


«Dice su esposa que lo espera en su habitación. Y que si no recuerda cuál es su habitación debido a que está muy borracho, le avise que es la número doce». Lo que sigue, en la película que seguramente ustedes habrán visto, Cuatro bodas y un funeral es un encuentro entre dos personas, Andie McDowell o su personaje, una norteamericana y Hugh Grant o su personaje, un inglés. Por supuesto, no son ni marido ni mujer, obvio, aunque lo que sigue bien puede ser una actividad de «luna de miel». Lo interesante de la escena, que además es graciosa y bonita, es que ella, la no esposa, es quien literalmente avanza sobre él, el no esposo.
Grant tartamudea, sí está borracho pero, en realidad, sobre todo, está nervioso. Mc Dowell no, disfruta e, incluso, lo que es de agradecer dado sus dientes, se ríe.
El guionista de la película puede encontrar una explicación perfecta para lo que sucede: ella que toma la iniciativa sobre él. Hay un motivo: ella es americana.
La descripción de los americanos burgueses y los europeos nobles («es curioso -dice Grant en cierto momento-: hoy es sábado y no tenemos una boda») es solo alguna de las genialidades del filme: hay poemas de Auden, sacerdotes nerviosísimos que se equivocan, bailes exagerados y, obvio, Andie.
Pero eso, el espíritu de un americano entre nobles, todos elegantísimos, es parte del asunto. Ralph Lauren es un americano que con way of life propio impuso ciertos códigos en un mundo de nobleza, como es el de la moda. Roberto Devorik, nuestro entrevistado, su embajador (también es el Director para Sudamérica y el Vicepresidente de Mercados emergentes), es además alguien que sabe de aquello de la nobleza.
¿Usted sabe cómo tratar a una princesa? Pregúntele a él, que fue uno de los cinco más grandes amigos de Lady Di. La asesoraba en cuestión de pilchas (¿será ese el tono conveniente?) pero, además, iba a la ópera con la señora. Cuando Diana Spencer falleció, Devorik fue a Estados Unidos y allí, luego del 11 S, recibió la oferta de Ralph, el lector sabrá disculpar el tono de confianza que adoptamos, para ocupar el cargo que hoy tiene y que lo tiene entre su casa americana y Buenos Aires.
Devorik es, antes que nada, un embajador: representa a la moda, a cierta idea de la moda, entre nosotros. Esa idea que es la que podríamos denominar: «el orgullo de McDowell». Y recurrimos al cine, no sólo porque nos parece preciosa la escena, sino porque Roberto, de no ser lo que es, uno de los personajes de la moda a nivel mundial, le hubiera gustado ser actor. Pruebas: las paredes blancas de su oficina siempre abierta de la casa Lauren en Alvear, en Buenos Aires, tiene fotos de actores y actrices.
Fotos, por otra parte de los grandes del siglo: Avedon, Cartier-Bresson. Blanco y negro, plasma, diseño. A Devorik es difícil entrevistarlo: «odio la soberbia», aclara. Pero sabe cosas que mucha gente no. Y no sólo cómo hablarle a una princesa.
Cuestiones de estilo.
Por ejemplo, sabe a la perfección acerca de un estilo Ralph Lauren para conducir una empresa. Nuevamente, un americano en la corte del Rey Manos de Tijera: «Hoy en día -dice- la palabra empresario existe solamente en la Argentina. Creo que cada vez más somos personajes globales. La globalización tiene sus grandes pros y sus contras. El gran pro es que si uno es inteligente, une fuerzas, culturas, niveles de educación, técnicas y tecnologías para el bien. El anglosajón se junta con el latino, el latino se junta con el árabe, el árabe se junta con el asiático y crean. La globalización trajo todo esto.

O sea que usted observa la globalización como un fenómeno productivo.
Es como todo. Resulta productivo llevado sin presiones y sin apresuramiento. Y obviamente tenemos resultados muy valiosos. Pero la globalización mal llevada tiene como destino una cierta unidad y a todo lo que nos quejamos del comunismo, en cierta manera. El riesgo es que todos pensemos igual, que todos nos vistamos igual. La globalización trajo el hecho de que usted hoy camina por una avenida en París, o en Madison Avenue en Nueva York o la Via Venetto en Roma o Avenida Alvear en Buenos Aires y no se va a encontrar sorpresas en cuanto a qué nombres vinculados a la moda va a encontrar. Han muerto quienes no han podido entrar en la globalización. Y esto sucede por motivos de capital, de producción. En mi rubro, la moda, esos grandes artesanos van muriendo. Esto pudo verse en lo que pasó ahora en las ferias de la alta costura de Francia. Y esta muerte de los pequeños es un fenómeno que tuvo mucha repercusión en Estados Unidos o Europa. No tanto lamentablemente en los grandes diarios y revistas argentinos argentinos, que no tienen budget para mandar una persona calificada a este tipo de eventos y poder realizar un analisis acertado de la situación. Lo que pasó es que Emanuele Ungaro, Versace, grandes de la moda, o de la alta costura, es precisamente eso. Y no tienen alternativa: o se retiran, o no la hacen más, porque la globalización, las marcas de pret a porter ha subido de una manera tan grande que compiten con la alta costura clásica. Compiten y la matan. Hay que ver hacia dónde nos lleva este fenómeno, uno de los costados negativos, sin dudas, de la globalización.

Lo que sí tuvo repercusión en los diarios es el problema de Versace...
El problema de Versace es otro, porque Versace está en una crisis de empresa. Pero no de talento. No hay que olvidarse que Versace tiene su público. Cada diseñador o cada empresa, tiene talento para los que le gustan. Pero los que no tienen talento hoy en día tampoco sobreviven. Pero, volviendo al tema, la globalización hizo que toda la ilusión de obtener o percibir algo, ya sea masiva en todo el mundo.
Usted antes iba a París a comprar perfumes, a comprar pañuelos de seda. A Nueva York iba a comprarse los jeans y una remera de Polo. A qué iba a Italia, a comprarse zapatos de Gucci, o sus magníficas pastas y aceite de oliva. Hoy en día eso no es necesario. No hay que ir a Nueva York, ni a París para encontrarse con esas alternativas. Incluso, los precios son casi internacionales. La gente no tiene esa fantasía ni esa necesidad en torno a los viajes. Está todo cerca. También está todo un poco saturado.

 

 

 

 



 

Usted trabaja con toda la región Sudamérica: ¿el hecho de ser CEO entre nosotros hace que busque tener un perfil más sudamericano o sigue lineamientos internacionales?
Sigo la visión de Ralph Lauren. He trabajado con Kart Lagerfeld, con Gianni Versace, Gianfranco Ferré, Claude Montana, Christian Lacroix, con los grandes de la moda. He diseñado yo también, diseñé para la princesa de Gales, para Susan Barrantes, la madre de Fergie, para Jacqueline Bisset, para millones de personas. Se me ofreció en su momento entrar una de las grandes casas de diseño. No acepté porque no me veía en esa función. No es lo que quería en mi vida.
Sin embargo, acepté la propuesta de Ralph Lauren. De todas las personas con las que he trabajado es el único que tiene siempre una imagen totalmente lineal, concisa y directa. Es el único diseñador del mundo con el que usted, si es un camionero que va en su camión de los Estados Unidos con su tatuaje acá, con su remera de Polo, re canchero, está perfecto. También, si voy yo, con mi Masserati, con la misma remera del mismo color. No pasa nada. A ninguno de los dos nos preocupa. No me sale decir «ahh pero yo me gasté 120 pesos en una remera y el pibe también se la gastó». Eso no pasa eso con otros diseñadores. Ese es el mensaje que emite la marca.

En un mundo muy igualitario hay siempre una apelación a la personalidad.
Exactamente. Apuntar a la personalidad. Y si usted ve qué le muestra Ralph Lauren: casas divinas, todo muy inglés americanizado. Un mensaje que lo recibe cualquiera sea camionero, político, gremialista, portero o doctor. Lo que cada uno fantasea… lo necesario para entrar en ese mundo. Y lo que Ralph Lauren da es la posibilidad, a través de sus casas, porque no son negocios sino casas, es que si usted entra acá, compre o no, se sienta parte del espíritu. Las flores son las mismas, la atención es la misma, el colorido es el mismo. Es una forma de vida y de misión. Entonces, ¿qué es lo que me pidió Ralph Lauren? que sea su embajador y su vigilante en Sudamérica.

Pero obviamente, hay cosas que cambian de un país a otro.
Pero eso no se debe a la cultura de cada país, porque, en el caso de la Argentina, nos encontramos con una gran cultura en la clase media, desde todo punto de vista, intelectual, social.

Y además hay mucha avidez por cosas nuevas...
Estuvimos cerrados durante muchos años, treinta, cuarenta. Volvemos al tema en que empezamos: estuvimos cerrados, luego nos abrimos, el tiempo del «dame dos, dame cuatro», que terminó en un desastre y volvió a caer. No creo en ese tipo de cambios bruscos. Yo creo en la filosofía de esta corporación en la que entré a ayudar a limpiar cosas que no estaban como tenían que estar: todo debe hacerse en paz, en tranquilidad, con serenidad, sin egos. Desde la señora que trae el café hasta a mí, en cierto plano, somos todos iguales. Tenemos una filosofía de puertas abiertas. No hay secretarias. En el caso mío tengo una secretaria, pero no como se usa habitualmente entre los ejecutivos argentinos. Yo uso la secretaria por necesidad, porque paso la mitad del tiempo viajando. Pero si no lo atiendo yo al teléfono. A usted no lo hago llamar por mi secretaria: cualquier persona es importante para nosotros. Es un tema de educación.

Un perfil más anglosajón…
Yo creo que no. Yo viví mucho en Inglaterra, también viví y vivo en los Estados Unidos. Pero en Francia, en Italia es muy similar. Creo que el nuestro es un problema de inseguridad. Si Dios nos da la suerte de estar de este lado y con el sillón, que muchas veces es por capacidad, pero otras también sucede por estar en el momento justo, a la hora justa y en el lugar justo y porque tenemos ansias de trabajo, si uno tiene esa suerte, esa situación te exige devolver paciencia, tratar de educar. No siempre es fácil. La gente me decía, «uy, no sabés lo que es trabajar en la Argentina». No es verdad: hay problemas, es cierto, hay problemas por lo que dice usted, hay problemas que no sabemos, que no conocemos. Pero la nueva generación de los chicos, gracias al Internet y a las computadoras, es mucho más piola: son más inteligentes, tienen una visión del mundo mucho más global, como hablamos. Mi generación, la que va desde los 55 para arriba, sufrió muchos avatares, por culpa nuestra, porque nadie nos mandó, no fue el espíritu santo que nos mandó un castigo, fue lo que pedimos. Un pueblo se merece lo que le toca.

Sobre todo cuando hay votos…
No hay discusión. Lo que tuvimos no nos lo mandaron desde un país que nos quiera subyugar. Entonces qué pasa, el ejecutivo argentino, muchos ejecutivos argentinos, se creen como patrones de campo. Y yo no creo en eso. Usted tiene que tener mando, tiene que tener convicciones como directivo, pero la palabra patrón perteneció a otro siglo.

A dos siglos atrás.
Es cierto, estamos en otra época. Porque quizás en algún momento fue necesaria la palabra patrón. Pero hoy en día, usted necesita la palabra colega. Yo puedo ser un gran director, soy el Director General para América Latina, Vicepresidente de licencias globales. Yo puedo ser fantástico en eso. Pero si yo no tengo un equipo de actores al lado mío, un buen iluminador, un buen fotógrafo, un buen florista, todas mis ideas, o todo lo quiera lograr, esos objetivos no se van a llevar a cabo. Porque ahora lo importante es el equipo. Tal es la filosofía con la que trabajamos. Y esa es la diferencia de Ralph Lauren, por la que decidí encarar este desafío.


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