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Vinos & Sabores Revista



Alejandro Martínez Rosell, o simplemente Pepe, es el enólogo de Cavas Rosell Boher y, a pesar de sus 49 años que no aparenta en absoluto, lleva casi un cuarto de siglo elaborando vinos y espumantes. Experiencias y anécdotas en una charla emotiva e imperdible.


Cada llanto desconsolado equivale a un mililitro de agua. Por lo tanto, para poder llenar apenas una cuchara de té, habrá que hacerlo enérgicamente unas cinco veces. Si se trata de una mujer, esa tarea -la de llenar una cuchara de lágrimas, no la de llorar-, le demandará poco menos de dos meses, ya que según las estadísticas, lloran tres veces en el mes. En cambio, si se trata de un hombre, esa labor será más ardua: la frecuencia de llanto es una cada treinta días.
Es decir que un hombre deberá pasar más de sesenta y dos años para poder completar con lágrimas una botella de setecientos cincuenta centímetros cúbicos. Sin embargo, mucho menos le llevará a ese hombre beberse una vasija con idéntica cantidad de buen tinto. Pero sin dudas, detrás de esa botella también habrá años de trabajo, de conocimientos que atraviesan generaciones, de sabiduría.
¿Hay acaso un tiempo determinado para aprender a hacer buen vino?
El Mono Villegas, un increíble jazzman, solía hacer una escala referida a los pianistas que bien podría responder la inquietud. Decía más o menos así: "Hay pianistas que no tocan nada: ésos son los que escucho por todos lados. También están los que tocan mal y siguen así toda su vida. Pero hay otros -entre los que él humildemente se incluía- que, a pesar de no ser considerados como grandes maestros, siguen intentando mejorar hasta un segundo antes de morir".
Seguramente, cumplir un sueño de toda la vida no puede cuantificarse. Y un día, Alejandro Martínez Rosell -Pepe para los amigos- soñó que volvía a trabajar en el mismo edificio de bodega que su abuelo había levantado hacía más de cien años y en el que su padre había volcado toda su vida. Y otro día, unos cuantos años más tarde y por obra y gracia del destino, ese sueño se cumplió. Tal vez nadie se lo había preguntado y quizá ni siquiera él mismo había tomado conciencia de la concreción. Pero un día, como tantos otros y ante una pregunta al respecto, sólo atinó a quedarse en silencio, miró hacia abajo sin encontrar respuesta y simplemente lloró.
Así es Pepe. Un gran luchador del vino, con el suficiente coraje para mostrarse tal cual es; hasta con lágrimas en los ojos. Así opina un enólogo que supo de Baco desde la cuna y lleva 25 años de trabajo entre vides y tanques.

¿Por qué Pepe?
No tiene una explicación racional. Fue más que nada una ocurrencia de mi padre. El mismo día que mi madre le dijo que estaba embarazada, él la abrazó y le dijo: "Vamos a tener un Pepe; y, si es una mujer, será Pepa". En Mendoza, si alguien me dice Alejandro, creo que ni siquiera me doy vuelta.

En su vida el vino fue más que una herencia, es casi un destino...
Se podría decir que sí. Mi abuelo levantó el edificio donde hoy funciona Rosell Boher. Mi padre trabajó allí gran parte de su vida y yo me crié jugando bajo estos mismos árboles. Pero más allá del destino, dediqué toda mi vida a estudiar y a aprender acerca de los vinos; desde la facultad, hasta hoy. A pesar de todo, paradójicamente mi primer trabajo como ingeniero agrónomo fue para una compañía de agua mineral (risas).

Imagino las veces que debe haber soñado con volver a trabajar en esas cavas en las que pasó su infancia. ¿Qué siente tras haber concretado esa ilusión?
En casa, de chico, escuchaba todo el tiempo a papá hablar de vinos; no era una cosa eventual sino todos los días. Desde ese momento es que soñaba con ser el continuador de su tarea. Más tarde, por distintas situaciones que hicieron que la familia tuviera que vender el edificio, ese sueño se vio truncado durante años (Pepe hace un silencio y las risas de segundos atrás se transforman en lágrimas de emoción: sigue hablando como puede). Eso a nivel sentimental es muy fuerte; cada vez que piso la bodega siento algo que no podría definir. Creo que lo único que me faltó para redondear el sueño fue compartirlo con mi padre.

¿Después de 25 años de trabajo ya definió si prefiere vinos con o sin madera?
El uso de madera es tan viejo como el vino. Es un recurso muy válido, un aditamento que agrega encanto. Pero no es excluyente para poder hacer un buen vino. Para las estrategias de marketing puede ayudar a posicionarlo en determinado rango de precios, aunque ése vino pueda no merecerlo.

 

 

 

 



 

¿Podría considerarse una moda?
No sé si lo consideraría una moda. Pero sí me parece que, en muchas ocasiones, se abusa de ese recurso; sobre todo en el caso de los chips. Esa masificación hace que la mayoría de los productos tengan un toque muy similar.

Rosell Boher produce uno de los mejores espumantes del país. Lo hace en escasísimas cantidades. A su línea de vinos, Viñas de Narvaez, los elabora sin paso por madera. Para cierta modalidad, parecería ser que van contra la corriente.
Más que ir contra la corriente de lo que se trata es de entregar a un mercado prácticamente saturado, opciones diferentes. El consumidor puede tomarlo o dejarlo (afortunadamente lo está tomando), pero, a la hora del consumo, no se encuentra con un producto igual a los demás. La idea, desde los orígenes, era resaltar toda la fruta de un vino joven, y no que la madera tape las cualidades que espontáneamente te regala la naturaleza de la uva que estás elaborando.

¿Cuáles son las principales virtudes de los vinos jóvenes?
Tienen la gran ventaja de mostrar por sí mismos la variedad que los conforma. Y eso, para un consumidor que recién se inicia en el mundo del vino, es muy importante. Además, entregan muchísima fruta. No nos olvidemos que el origen del vino es la uva. Es uva el aroma, y no el olor a cuero mojado, hierbas recién cortadas o mermeladas de la abuela y todo ese lenguaje que utilizan algunos. El aroma de los vinos jóvenes recuerda a esa uva. Por otro lado, se destacan los colores que sólo puede brindar un vino joven; ya que con la evolución de los años ese color vivaz va mutando.

¿Cuál es la cepa que más le gusta?
Soy bastante amplio. En general prefiero más elegir o desear un vino según el momento anímico. Sin embargo, dentro de la amplia paleta que se da en la Argentina, sigo siendo un gran defensor del Cabernet Sauvignon, el rey de los tintos.
Una vez más va contra la corriente; no habló de Malbec...
El Malbec me agrada, aunque depende también de cómo esté elaborado. Muchos, montados en aquello de que se trata de una uva insignia, elaboran bajo su paraguas productos sin cuidado, con la etiqueta malbec. La verdad que uno se encuentra con cada cosa…

Usted debe ser uno de los pocos -sino el único- enólogo del país, que no se ve obligado a sacar al mercado los mismos varietales cada año. Todo un privilegio.
Aunque algunos lo critiquen y les llame la atención desde el punto de vista , desde lo técnico, es ideal. Uno puede trabajar con un grado de seguridad muy grande, ya que en enología nada es matemático y la opción de poder discontinuar una variedad si consideramos que ese año no fue todo lo satisfactoria que debió haber sido, es maravilloso. Quiere decir que lo que sale al mercado es realmente óptimo. Ventajas de ser una bodega pequeña.

Como corresponde al formato de bodega boutique...
Más allá de que creo que se ha puesto de moda, no estoy ni a favor ni en contra. Sucede que hoy por hoy, el término "boutique", no es sinónimo de calidad. En muchos casos, las bodegas que se llaman así son simplemente pequeños productores, que elaboran poca cantidad de vino mediocre.

¿El paladar de los porteños es diferente al de los mendocinos?
Como mendocino voy a hacer una autocrítica: muchos creen que, por nacer en una provincia productora, saben de vinos. No es necesariamente así. Más allá del poder adquisitivo, no deja de sorprenderme la curiosidad, la avidez y el cariño con el que los porteños reciben las novedades del vino. El mendocino es infinitamente más conservador. La mayoría no se anima a probar novedades. Así es como se pierden de descubrir verdaderas maravillas.

¿Se siente parte de una nueva generación de enólogos?
Sin dudas, más allá de los casi 50 que tengo (risas). Y lo digo porque la principal característica es que logramos romper con una serie de mezquindades que históricamente arrastraba la industria. Hasta no hace mucho, estaba prácticamente prohibido que alguien de una bodega intercambiara con un colega de otra alguna opinión sobre los vinos. Si esa situación se hubiera modificado un par de décadas antes, los logros que hoy se están obteniendo, hubiesen llegado mucho antes. Hubiera sido mejor para todos.


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