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Vinos & Sabores Revista

¿Cómo ser reconocido como un catador snob?
Por Alejandro Maglione

Despreocúpese de cuestiones menores, como el conocimiento o la experiencia. Siguiendo algunos de estos consejos, atajos y, sobre todo, trucos, usted pasará como el mejor de los catadores snobs de los vinos snobs que nos rodean. Cuando no sepa qué decir, diga «violetas», impresionista, o petróleo y despintará al mejor pintado


En el silencio respetuoso con que la audiencia escuchaba al enólogo conferenciante, estalló la pregunta: "¿qué es un vino crujiente...?"
Ubiquen esta escena en San Martín de los Andes, en medio de una reunión que se llama Mercado Patagonia, organizada cuidadosamente por Fernando Sánchez y su socio Juan Pablo. El preguntón: un farmacéutico del pueblo.
El enólogo pensó cuidadosamente la respuesta, aclaró su voz y dijo: "...nunca había escuchado esa característica de un vino...".
Y esta anécdota siempre me quedó bombeando en la cabeza, para algún día sacar mi alma de hijo de bodeguero y bucear en los recovecos del esnobismo que campea en la cata de vinos, expresado como en pocos lugares en los artículos que suelen aparecer en revistas especializadas o no, escritos por periodistas especializados o no.
Así, me propuse dar algunos consejos para Ud. que entiende poco o nada de vinos, si a usted, como corresponde a los que pagan la cuenta en las salidas a comer con amigos, se le reconoce el derecho de elegirlo, y lo que es más ries-goso, a probarlo y aprobarlo, lo que lo obliga a moverse con cierta prudencia que evite dejar expuesta su ignorancia y por el contrario, sea tomado por un reputado "connaisseur".
Esta ignorancia es la que se pretende encubrir vanamente cada vez que el sommelier le sirve un poco de vino en su copa para que finalmente dé su conformidad. En ese momento Ud. se sumerge en un inacabable concierto de buches odontológicos, simulando ante los contertulios estar descubriendo las mejores virtudes y defectos del producto puesto a su consideración, cuando en realidad intenta que zafe ese pedacito de tostada del desayuno que le quedó entre los dientes...
Voy a proponerle algunos trucos, veamos:

Primer truco, la botella difícil: hay argentinos que se dicen buenos bebedores de vino y que al mismo tiempo lamentan que en la Argentina no hay buenos vinos. Allí aparece la primera posibilidad de sorprender a la concurrencia. Consígase una botella de "Chassagne-Montrachet" tinto. TODOS -los amantes de vinos importados- saben que los Montrachets son blancos, salvo...salvo, unas pequeñísimas y excelentes partidas que se vinifican en tinto. Y ¡zas! Deja atónitos a los bebedores de los "buenos" vinos importados. Este truco se puede repetir con un "Beaujolais" blanco, que se consigue con muuuuucha paciencia. Esto corre también con los vinos argentinos. Hay muchas bodegas que hoy trabajan con excelentes segundas marcas que pocos conocen, y la gracia está en jugarse con alguna de ellas y dejar que el desprevenido de siempre, con el que toda buena mesa cuenta, pise el palito.

Segundo truco, el bouquet y los adjetivos: que Ud. entregará con generosidad después del paseo bucal que ha hecho con el vino. Aquí se abren varios, casi interminables caminos.
Uno que no es nada despreciable es releer "Vinos & Sabores" de junio-julio, ir a la página 11, y descubrir en el reportaje a la inefable Elisabeth Checa algunos de los adjetivos más insólitos: "Hay vinos sensuales, hay vinos austeros, hay vinos abstractos, hay vinos impresionistas, existenciales, esenciales". (sic)
Imagínese mirando a sus amistades, entrecerrar los párpados (gesto clave del verdadero conocedor) y decir: "este vino es impresionista". ¡Paf! La mitad de la mesa sucumbe de admiración por sus conocimientos.
Puede suceder que genuinamente y por las suyas encuentre que el gusto a madera se ha hecho presente en el vino degustado. Allí puede optar por seguirlo a Don Raúl de la Mota y decir que no le agradan los "vinos con gusto a tablón". Pero no es su única carta a jugar. Vuelve a la Vinos & Sabores antes mencionada, pasa a la página 12 y verá que la Checa le propone el siguiente comentario: "hay vinos que huelen a ropero de pensión de Onetti". ¿No es fantástico?
Y en este todo vale y los ditirambos resultantes de la adjetivación del vino, que los expertos suelen señalar como sus características destacables. Plagie a Fernando Malenchini, y sin que le tiemble la voz, exclame: "este es un vino con gusto a manteca" (sic). Sin bien, el joven Fernando, plagió a Jimmy Stewart, que ante el mismísimo embajador de Nueva Zelanda, dijo que un vino blanco de su país le había resultado "buttery". El diplomático no pudo evitar sentir un soponcio, que disimuló con sonrisa diplomáticamente comprensiva.
Aclaración: insisto en poner el (sic) porque sé que hay algunos comentarios escuchados y anotados rápidamente por mi vocación periodística que hasta a mí me resultan increíbles. Pero le ruego que otorgue un voto confianza a mis afirmaciones. Con la verdad no ofendo ni temo, como decía el oriental Artigas.
Hasta aquí, este truco le puede haber resultado magro. Bueno, anote: "estamos ante un vino prudente, quizás difícil y evasivo, pero marcadamente prudente...".
Otro bocadillo: "es un vino bienhumo-rado, benevolente y ligeramente obsceno, quizás, pero indudablemente bienhumorado".
De Ricardo Santos se puede decir lo que quiera: lo que dice de él Bobby Bissone; o que se está quedando sordo; o medio viejo; etc, pero lo que no se puede decir es que no tenga un buen olfato y mejor humor. Santos dixit: "¿a quién le importa si el vino tiene o no madera? Diga si le gusta o no le gusta y punto".
Santos piensa y yo coincido, que el vino tiene que tener antes que nada aroma a uva. Y puede que los grandes "expertos" piensen que esto es una paparruchada. Ricardo colige -y vuelvo a coincidir- que paparruchada es decir que en tal o cual vino se reconoce el aroma a banana... Santos le quita sentido a su apellido y estalla: "¡¿ y a qué demonios huele la banana?! Es como la pavada de que los vinos recuerdan a almendras y violetas, entonces si el vino no huele a almendras o violetas, critican el vino, aunque les guste". Después de escucharlo descargar su furia con ésta última frase me acordé de un consejo contenido en un viejísimo libro para catadores noveles: "...cuando no sepa que decir de un vino, diga ¡violetas! y ya está".
Pero este comentario me parece injusto, porque lo abarca a joven y querido comentarista enológico de importante revista dominical de conocido periódico porteño que justo, justito hace unos domingos se despachó con un: "intenso sabor a violetas..." Sinceramente no sé que pensar. No es fácil ser ingenioso y original TODOS los domingos escribiendo sobre varios vinos diferentes. Pero el mismo comentarista, como si fuera ayer nomás, se mandó dos adjetivos inolvidables: "como ripio para el paladar..." Imagínese. Y en la misma página, apenas recuperado el aliento se mandó con un: "aparece en el fondo algo de petróleo..." (Mire no le pongo sic aunque le parezca que se ha propasado un límite, porque ya le dije, cuando de vinos se trata ¡todo vale!).
Y no quiero abusar del tema, recordando a los que creen oler cuero húmedo, y porqué no a los que perciben, todo junto, "vainilla, sándalo, incienso, mirra...", que al final pareciera que el vino es más un un saumerio que una bebida deliciosa...

 

 

 

 



 

Tercer truco, el gusto: aquí ya vienen profundidades, pero hay una regla de oro para cuando se va a sumergir en los comentarios sobre el gusto: si una palabra puede ser usada para describir comida, no puede usarse para el vino. Por ejemplo, "cuerpo" va solo para el vino, "balanceado" o "armonioso". ¿Ve? Es una regla sencilla de aplicar. Pero todo el tema queda muy pegado al truco anterior, así que copie un poco de lo dicho antes y aplique. Pero hay algo de lo que lo que no podrá desprenderse: el balance, la complejidad y el final. Son palabras mágicas que, gracias a la ambigüedad que encierran pueden ser fácilmente confundidas con erudición.
Cuando de balance se trata, corresponde analizar la acidez, el frutado, los taninos, el azúcar, en fin, todo aquello que nos permita apreciar la proximidad o lejanía de un vino en "estado de armonía" Y como el estado de armonía no admite leyes universales, he aquí otro buen refugio para la ignorancia. Si quiere abundar, emboque unos "frutos rojos", aunque hágalo con prudencia, ya que hay periodistas que dicen identificar en un mismo vino hasta 5 frutos diferentes. ¡Imagínese! ¿Dónde queda la pobre uva de que está hecho?.
¿Y la complejidad? ¿Qué significa? He aquí una cuestión peliaguda, pero la respuesta puede ser: todo o nada, según sea quien la defina. Al referirse a ella, el snob se queda tranquilo en la seguridad de moverse en las regiones estratosféricas de esnobismo. La complejidad encubre la dificultad de opinar precisamente de un vino y debe ser alegada, después de haber probado el vino y emitido un leve mugido para adentro. ¿Se entiende?
Y llegamos al final. No de la nota, claro, sino a esa característica que debe ser comprendida en la cata cuidadosamente snob. Acaba de tragar el vino y todos esperan lo que tenga que agregar a lo ya dicho. Ahí un carraspeo oportuno deja el camino expedito para hablar del buen o mal final que tiene su vino. El "aftertaste" al que se refieren los ingleses para describir lo que queda en la boca como sabores, sensaciones y todo aquello que pueda haber impresionado las papilas gustativas. No se juegue con palabras tipo "ésteres", "riboflavinas" o "polifenoles", no vaya a ser que ande cerca Norberto Vinelli y le arruine el estofado.
Al hablar del final limítese a decir de un vino que es "corto" o bien "largo", de acuerdo a la permanencia que haya tenido en la boca.
Vamos a hacer un recreo para no abrumar al lector con tantas indicaciones inútiles. Anécdota: allá en los años '70 le preguntaron a Eric de Rothschild cuál era su año preferido del "Château Lafite-Rothschild", y sin inmutarse contestó: "el '59... si es que Ud. prefiere un vino joven". ¡Qué señorío!

Cuarto truco, devolver la botella: cuidado, este es un gesto muy difícil de ejecutar, sin riesgos, en un restaurant. Ha degustado su vino, ha hecho comentarios vagos y erráticos, hasta eruditos, la mesa entera espera su aprobación... Ud. apoya la copa suavemente, pero rápidamente la vuelve a tomar y prueba nuevamente. Aparentemente hay algún problema... Los amigos alrededor de la mesa se cruzan miradas nerviosas. El sommelier -o el mozo en su defecto- aclara la garganta. El protagonista que sigue siendo Ud., hace un gesto vago con la mano, como si espantara una mosca: el vino no es aceptable. Algunos amigos -los más tímidos o cobardes- se esconden tras sus menúes. El tenso silencio se rompe al toser alguien en una mesa próxima. El sommelier le pregunta educa-damente, pero con un dejo de incredulidad. Ud. vuelve a probar, y declara que claramente el vino no está bien y devuelve la botella. Y punto. Acaba de jugar una de las cartas más bravas del esnobismo enológico.

Quinto truco, cómo tomar la copa: hasta acá todo venía bien. La copa debe tener un cáliz de diversas formas, de acuerdo al tipo de vino de que se trate, pero invariablemente tenía que tener un pie de donde sujetarla a fin de no transmitirle la temperatura de su mano al líquido. Después venía el colmo de la paquetería y el deber ser: tomarla de la base. El problema apareció cuando se movía la copa para hacer girar el vino por su interior y permitir que todo el cáliz se impregnara y despidiera aquellas virtudes que se irían descubriendo. ¿Se fijó en un detalle? Utilicé adrede el pasado en esta descripción, porque resulta que Marc, el nene de los Riedel, resolvió sacar copas para vino ¡sin pié! Imagine a los varios catadores televisivos, nuevos y antiguos, agarrando -sí, con garra- y envolviendo la copa de una pieza en su mano....¡una fatalidad! Por lo tanto, hasta que no se aclare esta cuestión de la nueva generación de copas sin pie, vamos dejar el asunto stand-by. Pero ojo, con pie o sin pie, hay algo imperdonable para el pretendido catador experimentado: levantar el dedo meñique, separándolo ostentosamente de la mano, mientras se toma la copa. Este hábito delata instantáneamente que Ud. es un fraude. Aunque lo denuncien por discriminación, evite el trato con gente que levanta el dedo meñique, salvo...
Salvo que tenga mucha plata y se trate de una comida estrictamente de negocios. Calcule bien.
Esto es como el tema de qué vinos con qué comidas. Aquí se viene barajando muy fuerte y se está dando de nuevo. Así que lo mejor es también esperar a que se aplaque la polvareda que se ha levantado y ver en qué quedamos. Lo que no se debe decir es tinto para las carnes y los blancos para los pescados y aves. Todo vale, así que deje el tema pasar como si fuera una verónica taurina.

Sexto truco, la añada o cosecha: este es un tema que preocupa fundamentalmente en los vinos europeos. Los viñedos argentinos se asientan sobre tierras áridas, donde el protagonismo lo tiene el riego y el sol abunda. Claro que si se le ocurre al Niño hacer llover donde no hacía falta y muy cerca de la vendimia, bueno estaremos en problema.
Pero vayamos a un ejemplo de vino francés, en que después de probarlo, alguien se permitiera decir: "este año las lluvias vinieron tarde...". Ahí hay que sacar el costado snob y conocedor y arremeter con un "¿a qué te referís?. Porque los vinos del Medoc han sido fantásticos ese año, a diferencia de los Bordeaux". Ahí se creó un suspenso, y sin esperar a que su contertulio le retruque nada, Ud. le recuerda: "En el Medoc la uva de la región es la Merlot, que, como se cosecha antes, se salvó de las lluvias que cayeron sobre el Cabernet Sauvignon de Bordeaux". Fino el detalle, ¿no le parece? Créame que puede sorprender hasta a un lector asiduo de Robert Parker.


Si quiere agregar un comentario de cultura general para terminar de impresionar a sus ignorantes acompañantes, cuente que Julio César plantó viñedos en las Galias para evitar que los romanos asentados se fugaran ante la presencia de los bárbaros. ¿Sabe porqué? Porque el agricultor abandonaba sus cultivos ante el primer flechazo, mientras que los viñateros se quedaban y peleaban como leones por sus viñas.
Y nada más. Salga tranquilo a comer con los amigos o alguna amiguita impresionable, lleve la revista en la mano, consulte de vez en cuando y vaya desgranando comentarios azorando hasta a los "conocedores" de turno.


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