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Vinos & Sabores Revista

¿Cómo reconocer a un Bon Vivant?
Por: Alejandro Maglione

A todos nos llega el momento de tener que encarar un tema difícil, pero difícil-difícil. Y el asunto de identificar o definir las características de un bon vivant, es meterse en un terreno muy fulero, en el que el tropiezo está a la vuelta de la esquina, y la polémica se puede abrir sin que uno la convoque.


Comencemos por preguntarnos por las diferencias entre un bon vivant y, por ejemplo, un dandy.
Existe un texto antiguo, casi inencontrable, que habla "De los dandys porteños", y por sus páginas desfilan nombres de inmaculada prosapia, que habiendo heredado inmensas fortunas, o bien, habiendo accedido al patrimonio por el matrimonio, dedicaron sus días al dolce far niente. O no tan así, porque por ahí anda dando vueltas don Aarón de Anchorena, que fue haciendo pomada prolijamente una tras otra las fortunas familiares que fue heredando, pero el hombre se recorrió la Patagonia en los años inhóspitos -eso sí, con señorío sin igual-; casi se mata atravesando el Río de la Plata en globo, y termina comprando los terrenos que darían lugar a la famosa Estancia San Juan en el Uruguay, hoy residencia de verano de los presidentes del vecino país.
Pero los dandys (¿o debería escribir dandies?, mejor me quedo en la primera licencia idiomática) eran señores -o mejor dicho, señoritos- que se parecían peligrosamente a Isidoro Cañones, que insistentemente pedía ser tratado como el "mayor dandy porteño", donde lo que primaba era su atractivo ante señoritas llamativas -hoy las reconoceríamos como primas de los felinos- y donde la juerga regada por abundante whisky -recordar que el Champagne lo puso de moda Miguel Brascó sólo algunos lustros atrás- era un modo de vida cotidiano, con paseo en auto descapotable incluido, donde se apreciaban restos de serpentinas y papel picado, como si la vida para ellos fuera una permanente carnestolenda.
No, nuestro modelo de bon vivant no pasa por eso. Quizás el modelo de bon vivant se aproxime al Gato Dumas, hombre voluminoso, poco afecto al trabajo la mayor parte de su vida -no ahora que lo tienen a mal traer con las jornadas laborales-, viejo pescador de langostas en Buzios -donde no se sabe quien a quien, se dice que Ramiro Rodríguez Pardo lo introdujo en los placeres y secretos de la gastronomía; pero como es una versión antojadiza, yo prefiero abstenerme- y afecto a señoritas jóvenes o muy jóvenes, que lo acompañan en ese ir y venir de cacerolas y cámaras de televisión.
¿Ven? Por ahí va la cosa. El Gato y Ramiro se podrían aproximar al ideal de bon vivant. Pero, no es requisito fundamental que nuestro candidato al perfil sepa cocinar, pero sí debe tener sólidas nociones de gastronomía -lo cual descarta automáticamente a un Fernando Freixas, por ejemplo-. También debe tener un afecto por la enología y sentirse como en casa recorriendo los secretos de distintos alcoholes que circulan por el mundo, por supuesto en la Argentina.
Ya vamos precisando: 1) no debe estar preocupado por su silueta. 2) Debe valorar los conocimientos de gastronomía. 3) Debe interesarse por el devenir de la enología.
Ahí fichan varios bon vivant (nueva licencia idiomática por no usar el plural en francés) nacionales, sino, basta con ver los volúmenes de un Sebastián Bagó. Pero, ¿ven? Aquí tenemos un caso de bon vivant exagerado. Porque a Bagó le interesó la gastronomía y se montó un restaurant propio, con Fernando Trocca incluido. Le interesó la enología, y se compró un viñedo en la Argentina, otro en España, y vaya uno a saber que otras cosas que no se conocen en detalle. Pero, Bagó no heredó la plata ¿eh?, y además se interesa día a día por acumular más y más información para el "Tratado sobre carnes" que viene preparando desde hace añares. Es un caso de bon vivant comme il faut, es decir, como debe ser.

 

 

 



 

¿Qué más compone la vida de nuestro modelo? Ciertamente los viajes, que no necesariamente tienen que ser a lugares exóticos. No. Se trata de viajes placenteros. Para pasarla bien. Un bon vivant no viaja con 5 chicos, cargado de valijas, recogiendo pasaportes que van cayendo en los pisos de los aeropuertos. Viaja solo, o bien acompañado de una señora (legítima o una petite amie, ¿a quién le importa?) y nada más. ¡Ah! Eso sí: con una potente tarjeta de crédito, de esas que se aceptan por todos lados.
Esto le permite estar sentado en el Sinclair o el Oviedo de Buenos Aires, o en el Avataras de San Martín de los Andes, y discutir sobre si la textura del salmón es semejante a la del que probó en el Furusato de Tokio. También puede que elija el momento oportuno para recordar la leyenda que atribuye al emperador Shen Nung haber descubierto las virtudes del té alla por el año 2737 antes de Cristo. O bien, enfrentar una pizza en rueda de amigos y recordar que fueron los longobardos los que, en el medioevo, llegaron a la zona de la Campania en Italia en compañía de los búfalos que darían origen a la muzarela. ¡Ojo! Todo esto hecho con mucha, pero muuuucha naturalidad, porque se sabe que lo sublime siempre orilla el ridículo, y no vaya uno a caer en el nuevo riquismo más puro, que es una actitud definitivamente excluyente como característica fundamental del personaje que intentamos describir.
Y hay que apoyarse en ejemplos, no hay caso. Y la memoria me trae aquella cena del Fork Club en que Pepe Ranero Díaz sirvió, con inolvidable naturalidad, una carne de reno provista por sus parientes políticos oriundos de Noruega. Aquí se reúnen varias características:
1) conocimiento gastronómico; 2) la guita para hacer birlibirloques; y 3) la naturalidad sumada a la robustez física para el encuadre en la piel del personaje.
Así, al pasar por la figura de Pepe, se aparece otra característica fundamental del bon vivant: la generosidad. Es impensable que un bon vivant la pase bien, si quienes lo rodean no participan de alguna forma de ese bienestar. Aparece de entre las brumas la figura del convidador, generoso personaje que pone todo para que sus amigos lo pasen bomba cuando están a cargo de él. Ejemplo de convidador: Horacio Grosso, que sale en la carrera del bonvivantismo con varios metros de ventaja por el apellido que porta. El tipo es grosso, se llama Grosso y se porta grosso. ¿Qué más?
No hay caso, el tema sigue sin ser fácil, y tiene costados contradictorios. Porque, es fácil que cada uno de nosotros tenga ya a esta altura en su cabeza, su propia imagen de bon vivant ideal, y muchos deberán reconocer que no todos son gente de fortuna, sino que se parecen más al tipo que ilustra esta nota, que con una botella en la mano, una carretilla que lo contenga y mariposas que lo circunden, está fantástico donde lo quieran poner.
Quizás por ahí vaya la cosa, amigo lector, al final de la reflexión, estoy por descubrir que el bon vivant es un tipo que eligió vivir bien, pero vivir bien en el sentido filosófico: rico no es el que tiene mucho, sino el que necesita poco. Y por lo tanto, no transige jamás con el fast food, pero si no hay foie gràs, se encamina a unos tallarines amasados por él mismo, que harían la delicia de cualquiera.
Y viene el ingrediente final: bon vivant es el que decide que una siesta en una tarde de lluvia en un lugar en el que nos sintamos a gusto es de esos momentos que hilvanados uno a uno a través del tiempo nos hacen sentir que La Vida merece Vivirse. Atenti: si Ud. siente así, ¡Ud. es un bon vivant, no lo dude!


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