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Vinos & Sabores Revista


Cheval Blanc 2006
Más que una presentación, fue un estreno

Los clásicos están más allá que los puntajes. Detrás de cada uno de ellos, existen historias, sensibilidades, el trabajo de los días y las noches, una naturaleza sabia, hombres y mujeres que la reinterpretan en la versión líquida que es un gran vino. El evento mendocino de presentación de este Grand Cru de Mendoza, en el que VS estuvo, nos hizo pensar en el estreno de una obra de teatro célebre: arte, para celebrar la vitalidad de la bebida.

¿Qué puntaje le pondrían ustedes a “El nacimiento de Venus”, de Botticelli? ¿Un diez? ¿Un cien? ¿Es un diez aquella perfección luminosa, la pincelada, las mil y una reflexiones del artista, el millón de sentimientos? ¿es un diez, la vida previa y las mil muertes que implica una obra? Mientras escribimos esto, el aire “se llena” de los aromas de un Cheval des Andes que espera –espera el final de esta nota- en un decantador. Nosotros nos preguntamos. ¿cuántos vinos hay en un cuadro célebre? ¿cuánta vida, cuántas vidas?
¿Es un cien la 5ta de Mahler, o El Padrino? ¿Cualquier clásico de Coppola, está destinado a recibir más de un “95” de un crítico de cine? No hay puntaje para ciertas cosas. Es más, si pensamos en el polo, que tanto tiene que ver con la marca que Terrazas de Chandon desarrolla con Cheval des Andes: los diez de hándicap de Adolfo Cambiasso son diferentes de los de cualquier otro jugador.
Lo mismo podría decirse del cielo mendocino: tan transparente, ancho, tan sin límite. Cuando viajamos, invitados por Cheval des Andes, al lanzamiento de su cosecha 2006, fosforecía aún más que la nieve de las montañas que, allí, en Las Compuertas, la finca de 35 ha donde nacen las uvas que dan lugar al corte, están muy próximas –con lo que podemos decir que, más que de puntajes, de lo que se trata es de “estar a la altura de las circunstancias”-. Un cielo así, un suelo así –y un vino así: que ocupa toda una atmósfera con sus insinuaciones vivas, frutales, pero también intensas, más complejas: un vino que es un poco el cielo y otro tanto el suelo-, están en una dimensión diferente a la de los puntajes de los vinos. Van en otro camino: sí, el de Coppola, el de Botticelli, el de Adolfo Cambiasso.
Esta “obra” de Pierre Lurton y Nicolás Audebert se relaciona con otros números: las temperaturas, los años, la cantidad de estrellas de la noche, las personas –una a una- que trabajan en producirlo, los metros sobre el nivel del mar que hacen que el Malbec brille.
Nicolás Audebert, Manager y Chief Winemaker de Cheval des Andes, quien conoce a la perfección el terruño de altura, y Pierre Lurton, Director General de Cheval Blanc y de Château d’Yquem, quien atesora el arte ancestral del assemblage bordeles, tienen su propia numerología, su propia relación con el misterio.
Y así, sus vinos, reciben la inevitable nota de los especialistas, pero también –lo que es más importante-, denotan: cuentan, cantan.

El puntaje correcto es 2006
El clima –lo cual no es únicamente una cuestión metereológica - es de fiesta: el sol intenso, el polo endorfínico, el espumante, las visitas célebres: 150 invitados de todo el mundo vivieron una experiencia que fue, al mismo tiempo –como el vino- un poco francesa y muy mendocina (o viceversa).
Los invitados se entregaron al juego –uno para grandes, uno muy inteligente- que propone el vino: la petanque, clases de polo en caballo fijo, paseo en sulky y cosecha de uvas entre las hileras de los viñedos. Más tarde, la banda militar General Las Heras, sorprendió a los invitados con La Marcha de San Lorenzo, el Himno Nacional y la Marsellesa como preámbulo para la presentación de la nueva cosecha. Como para disfrutar de lo nuevo, lo que surgía, lo que aparece.
Porque eso es lo interesante que tienen los grandes vinos: son un poco un objeto de cultura –y sin duda uno de culto- pero también son la expresión de una vitalidad galopante: la de los petizos de polo, la de la bebida en la boca, en la nariz, en el alma.
Ese galope que, sin embargo, maridó perfecto con platos que lo sometieron a una exigencia: mostrar lo mejor de sí con compañeros potentes, luego del partido de polo: El chef de Cheval des Andes, Marcos Zabaleta, dio rienda suelta a su imaginación para ofrecer diversas y variadas alternativas para degustar la nueva cosecha 2006. El preludio estuvo acompañado por blini con atún rojo, crema de salvia y caviar, tasting de trucha Malargüina ahumada sobre pan de tomillo a la manteca con crocante de queso, ceviche de Vieyras, pincho de langostinos y cerdo a la manteca de romero y mollejitas sobre compota de manzanas. El risotto funghi, cubos de cordero macerado en Cheval al disco de arado y el “chorizan baby”, con crema de chimichurri y criolla se fusionaron perfecto con el vino. El final: helado de queso de cabra con mousse de membrillo, budín de pan con hebras de naranjas y fruta de la pasión y shot frozen petit. Y así la noche, iluminada, iluminante, se fue haciendo parte del todo. Esa es otra virtud de los vinos, los grandes vinos: contribuyen a enlazar el tiempo.

Lo que permanece, lo que cambia
Nos gustaría, ahora, ser como críticos de arte para hablar de este vino como si fuera un cuadro: pero hay un problema. A diferencia -¿a diferencia?- de El nacimiento de Venus, o de El hombre de la guitarra azul, los vinos son sustancias vivas: no cesan de crecer en la botella. Podemos aproximarnos a ellos, sí, contando algo de su historia, de cómo están en el momento en que llegan al mercado. Lo que nos cuentan sus makers. Eso permitirá hacerse una idea de aquello que los define.
En este sentido, podemos afirmar que el 2006 fue un buen año en la vida de las dominante Malbec (60%), Cabernet Sauvignon (35%) y Merlot (5%) en esta región alta de Mendoza. Precisemos: se trató de una temporada con una primavera fresca y la ausencia de heladas tardías. Como resultado, la floración de Malbec fue menor y se redujo la producción de esta variedad. La variación de temperatura fue ideal desde el envero hasta la maduración, lo que se tradujo en intensidad de color. La cosecha permitió elaborar vinos Malbec con una potente intensidad floral y una gran expresión de frutas rojas y maduras, junto a buenos niveles de maduración y extraordinaria complejidad en la variedad Cabernet Sauvignon.
O sea, las uvas en su punto exacto. En su lugar conveniente. En su mensaje preciso. La madera, como suele pasar en estos casos, es lo que redondeó , subrayó, dio suavidad donde era necesario.
VS estuvo ahí: ese atardecer que se hizo noche. Mientras disfrutábamos de la fiesta, pensamos en aquellas personas que asistieron al estreno de La Traviata o Romeo y Julieta: el nacimiento de un clásico, de algo que quedará en el tiempo, algo que se mide más en horas que en puntajes de especialistas.
Ah, nos olvidábamos: Robert Parket calificó con un 96 a una de las añadas de Cheval Blanc.


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