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Vinos & Sabores Revista


Patricio Tapia
“El vino es apenas un alimento. Sólo en contadísimas ocasiones es algo más que eso”


Es uno de los periodistas de vino más reconocido de esta parte del mundo, una de esas voces que se escuchan. Muchos lo conocen por sus programas televisivos: pero sus libros y artículos se ubican frente a la bebida en un lugar que es, simultáneamente, de humildad y conocimiento. Del vino como historia, texto, relato.

Que no hay mal que por bien no venga, es algo que suele saberse. Ahora, la proposición de que a cuanto más males nos rodeen, más próximos estamos a recibir algún tipo de bienes que podríamos definir casi como bendiciones, como milagros, quizás brinde al lector algún tipo de novedad. Hace algunos años, este periodista participó de una de aquellas aventuras editoriales que mejor vale la pena olvidar. Antes del relanzamiento de una revista que unía la experiencia de los autos con otras del lujo y la calidad de vida –vamos a ocultar o a velar el nombre del producto, dado que no es lo medular que queremos contar-, antes del relanzamiento, decíamos, se hizo un viaje a Chile pleno de desorganizaciones, malas experiencias, maltratos a nuestro trabajo. De más está decir que en esto no tenían nada que ver nuestros anfitriones, sino los dueños del producto, a quienes nosotros (el fotógrafo que padeció el asunto y yo) disculpábamos por la inexperiencia. Parte del asunto tenía que ver con la imprevisión. Y aquí llegamos al punto: todo venía mal y decidimos nosotros gestionar algunas cosas que nos interesaban. La visita a Agua, el restaurante de Christopher Carpentier y la visita a Almaviva, la bodega joint venture de Concha y Toro y Rostchild, en las afueras de Santiago, por ejemplo. Allí, en lo que podría denominarse un mal día, justamente, probamos uno de los mejores vinos de nuestra vida.
Como los lectores de Vinos & Sabores saben, los grandes vinos tienen, entre otras virtudes, una que le gustaría a los monjes que plantaban viña en la Borgoña del siglo XI: la larga duración. Perduran, quedan. Y así estuve varios días: con toda esa intensidad, esa armonía, aterciopelando, suavizando el universo. Pero, hay que decirlo, estaba atrapado es lo que el vino me había comunicado: era para mí un enigma, un secreto. No podría decir si Almaviva me había susurrado al oído, o si había gritado algo en algún momento de la cata: de lo que estaba seguro (aún meses más tarde), era que el éxtasis tenía que ver con lo que ocurre luego de la experiencia amorosa, al menos para quienes no fumamos: deseos de hablar, de expresarnos, aunque las palabras adquieran cierta consistencia de nube. Difícil decir lo que sentimos (y además qué sentido tiene, si nuestra compañera estuvo ahí, con nosotros).
Y así estaba, sin saber qué decir del Almaviva. Hasta que me encontré con un artículo de Patricio Tapia, uno de los periodistas de vino del Chile más prestigiosos. Y ahí ocurrió algo así como un segundo milagro: todo aquello para lo que yo no encontraba palabras, Patricio, de una manera muy precisa, pero al mismo tiempo muy poética, lo decía: estaban la tierra, las cepas, el enólogo y el sabor. Había historia, pero también duración, tiempo. Y eso que era casi una descripción técnica, algunas notas de cata.
Nuestro entrevistado, una de las voces a las que vale la pena prestar atención en el continente del vino, tiene una manera de hacer periodismo de vinos que recurre a un código bastante interesante: la intención de narrar historia. Aquello que se llama crónica, pero en su sentido más atractivo, ese que, como los grandes vinos, te deja un buen sabor de boca. Más tarde (hablo de mi acercamiento al hacer del entrevistado, no de la sucesión cronológica), vi sus programas de viajes, leí sus libros, su experiencia con Fernando Trocca en el Gourmet.com, en la que habla de cuestiones bastante más técnicas y quizás menos personales. Pero siempre, aún en esos medios, uno debiera encontrar algo que encuentra en el trabajo de Patricio (y ojo que sabe y mucho: de hecho estudió en “la Facultad de Enología de la Universidad de Burdeos, en Francia. Es columnista de la revista Wikén de El Mercurio, editor general de la editorial Planetavino y editor asociado de Wine & Spirits Magazine en Nueva York. Ha publicado varios libros relacionados con el vino, entre ellos su guía personal de vinos chilenos, Descorchados, que va en su octavo año de edición”, según leemos en la página de El Mercurio on line): ese punto en el que un problema se torna, de alguna manera, algo personal, humano. Un poeta, Paul Valery, decía que cuando una cuestión filosófica se torna personal, ahí estábamos en presencia de la poesía. Pues bien, cuando una cuestión vino, empieza a parecerse a cosas de la vida, ¿no nos encontramos en un terreno de ese estilo?.

“Tiendo a relacionar el vino con todo –contesta a nuestro cuestionario-, pero lo que más me alucina son las personas que hay detrás de cada botella. Las intensiones que tienen, la forma en que ven el mundo, sus fracasos y sus éxitos. En ocasiones, algunos de ellos logran usar el vino como un catalizador de sus propias vidas. Cuando descubro eso, siento que mi trabajo tiene sentido.

En general, en la experiencia del vino, hay un momento que funciona casi iniciáticamente: ese momento en que nos damos cuenta de que ahí, en la copa, hay algo que hasta entonces no habíamos descubierto, ¿cuál fue ese vino que lo cambió todo?
En mi caso creo que ha habido un enamoramiento pausado. He bebido vinos que me han reafirmado que estoy haciendo lo que me gusta y también que me han enseñado que a veces el vino puede ser mucho más que vino. Pero así, en términos concretos, creo que el cariño por lo que hago se ha ido construyendo con el tiempo. No siento que haya sido amor a primera vista, aunque me gusta fantasear con que así fue. Por ejemplo, está esa botella increíble de Lafite 1982 que probé en la casa de unos amigos hacia comienzos de los 90. Fue una epifanía, pero si te digo que me flechó, sentiría que no estoy siendo todo lo honesto que debiera.

¿Qué es lo necesario para saber de vinos? Alguna vez, en un reportaje, Ferran Adria me contestó, a una pregunta similar, que era fundamental tener dinero. ¿Estás de acuerdo con ese comentario?
No, no estoy de acuerdo. Aunque también es cierto que para comprar vino, al menos buen vino, necesitas algo de dinero, no mucho. Entonces, lección número uno: para saber de vinos lo primordial son las ganas y la curiosidad. Probar cosas nuevas todo el tiempo y serle siempre infiel a tu vino favorito.

¿Es lo mismo escribir sobre vino en castellano que en inglés o francés? Tus modelos, ¿son angloparlantes?
Mis modelos son angloparlantes y, específicamente, americanos que es la cultura en la que me desenvuelvo cuando escribo de vinos gracias a mi trabajo en Wine & Spirits. Escribir en inglés implica otros códigos que aún no comprendo del todo. De mucha ayuda ha sido mi amor a prueba de balas por Hemingway, aunque también le debo algo a Ford, Leavitt, Banks y, bueno, la lista es larga.

¿Son posibles en culturas como la nuestra personajes como Robert Parker Jr. o Jancis Robinson, capaces de determinar la compra y establecer tendencias definitivas?
La verdad es que no lo sé. La influencia de sólo una persona en un ámbito tan personal y subjetivo como el vino siempre me provoca sospechas, de la misma forma en que me provoca sospechas que tal crítico de cine levante un dedo y destruya una película.

¿En qué medio te sentís más cómodo: el libro, el artículo, la web o la televisión?
Tiendo a sentirme especialmente feliz y sobre todo cómodo cuando escribo, aunque no puedo negar que la televisión me intriga y me seduce. Ese ego que todos tenemos, claro.

Siendo vecinos como somos, ¿qué diferencias encontrás en la cultura del vino de Chile respecto de la Argentina? Hay quienes afirman que Chile tiene más puntos de coincidencia con California que con la Argentina.
No había pensado en ello. Puede ser. Históricamente, nosotros los chilenos pasamos directo y sin escalas desde la influencia dura francesa a la norteamericana, y no precisamente a la del Village en Nueva York. En cambio, los argentinos siempre han mirado al Atlántico, sea lo que sea que eso implique. Aún así, hay una coincidencia: el vino es cada vez más un producto de estatus, un símbolo material, un motivo para los snobs latinoamericanos. Esto es extraño porque el vino es apenas un alimento. Sólo en contadísimas ocasiones es algo más que eso.

¿Qué es lo que define un buen artículo sobre vinos? ¿Qué lugar se debe dar a la definición técnica dentro de la crítica?
Un buen artículo de vinos es, antes que nada, un buen artículo. Punto. Y para que lo sea, debe haber una buena historia detrás y un narrador que te lleve a ti, lector, de la mano y no te suelte nunca, además de tratarte con cariño, dedicación y, especialmente, con respeto. Las definiciones técnicas, a veces muy necesarias, sólo se aceptan si se explican y si contribuyen a dejar las cosas en claro. Si son sólo pedantería, mejor te olvidas.

¿Cuál es el mejor maridaje para un asado argentino?
Yo prefiero Malbec, aunque para unir a nuestras naciones, tampoco estaría mal una buena botella de Carmenère.

La experiencia de los viajes debe ser esencial en tu proceso profesional, ¿cuál fue la mayor sorpresa y cuál el viaje más placentero?
Sí, es esencial. No veo mi profesión sino cruzada por viajes que es la forma que tengo de conocer a la gente que hace el vino. No entiendo cómo hay críticos que hablan de, no sé, Ribera del Duero y nunca han estado allí, nunca han hablado cara a cara con la gente que trabaja en el viñedo. Las experiencias vicariales no sirven en el vino. ¿Mi mayor sorpresa? Muchas, Y todos los viajes, al menos para mí, son placenteros en general. El lado oscuro es que muchas veces no puedo llevarme a mi familia y eso, para un tipo que viaje varios meses al año, es un problema para nada menor.

Si llego a una ciudad que no conozco, ¿cómo debiera hacer para reconocer dónde está la buena gastronomía y dónde los buenos vinos?
Primero que nada, donde no haya ni diseño minimalista ni música electrónica. Todo bien con ambas cosas, de hecho me gustan, pero en un restaurante me provocan desconfianza. Además, pregúntale al señor que pasa a tu lado paseando a su perro, no al crítico local ni menos al botones de tu hotel. Y busca cocina sencilla, nada de nombres raros ni presentaciones rimbombantes. Generalmente allí también encontrarás buenos vinos.

¿Cuál es la mejor ciudad del mundo para tomar vino y por qué?
Nueva York. La variedad es increíble. Encuentras de todo y en todo rango de precios. Londres la sigue de cerca. En ambas ciudades, además, encuentras las mejores tiendas de discos y las mejores librerías porque, como podrás entender, el vino necesita de compañía.

Dentro del mercado internacional del vino, ¿hay algún lugar emergente (básicamente como Denominación de Origen) que te parezca interesante, alguna región sobre la que haya que prestar atención?
Muchas. Los tintos hechos en base a Mencía de Bierzo, en Castilla y León, son los que en este momento copan mi atención, aunque también los Sauvignon Blanc de San Antonio, en Chile y la Ribolla Gialla del Friuli, en Italia. Podría seguir, pero ya con esos tres hay bastante trabajo.

Cuando salís a comer, ¿en qué pensás primero: en los platos o en los vinos?
Lo correcto sería decirte que pienso primero en la comida pero, por deformación profesional, siempre me voy directo a la carta de vinos.

¿A qué vinos (o qué regiones) de Chile sugerís prestarle atención?
Como te dije, a San Antonio y sus Sauvignon Blanc. Hay algo tremendamente diferente y seductor allí.

¿Qué vinos de Argentina te atraen más?
Los Malbec andinos son mi debilidad. Me alucinan los Malbec de Luján de Cuyo en general, y de Agrelo en particular. Aunque, claro, el Valle de Uco produce delicias sublimes. Allí me quedo con un par de La Consulta. Todo ese enorme patrimonio de viejas parras de Malbec es algo que me hace agua la boca. Tampoco dejaría de lado a la Bonarda. Cuando viene del lugar indicado, puede ser encantadoramente simple.

Alguna vez Arzak dijo que el futuro de la gastronomía había que buscarlo en Perú y México ¿Qué pensás de aquella definición?
Totalmente de acuerdo. Conozco de cerca la cocina peruana y es alucinante. Y no sólo por la variedad de platos o lo bien que se come en Lima, sino que también por esa permeabilidad, por esa humildad de aceptar influencias y, de paso, enriquecerse todo el tiempo. El cebiche, mi plato favorito por lejos, es un buen ejemplo de ello.

¿Cuál sería ese vino que llevarías a una isla desierta?
Paso de esa pregunta. Son demasiados.

 




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