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Vinos & Sabores Revista


Catherine Pere-Verge
«Argentina hace excelentes vinos de sol»
Catherine Pere-Verge es la dueña de varias bodegas en Pomerol y participa de uno de los proyectos más atractivos de nuestra industria vinícola: Monteviejo, dentro de Clos de los Siete. Acaba de salir un nuevo Chardonnay de la bodega. Habla de ese vino pleno de juventud, de su pasión por la Argentina y polemiza sobre los vinos que desarrolllara Michel Rolland entre nosotros, a quien compara con Alain Ducasse como número uno de su profesión.


Cuando uno empieza un reportaje y recibe muy pronto la respuesta: «esa no es una buena pregunta» casi al comenzar, de hecho, en la segunda o tercera de las cuestiones, una vez que se recupera el aire, pasada la mínima vergüenza del caso y confirmando mentalmente que en realidad es una pregunta que volveríamos a hacer, que no era tan mala al fin y al cabo, y todo en algunas sentésimas de segundo (las que lleva el cambio en un rostro, en este caso el nuestro, del colorado más o menos intenso al habitual), una vez recuperado el aire, decíamos, el periodista debe tener la certeza de que la entrevista irá por un camino que no es el habitual.
Claro que el periodista sabe que nada del «caso» en el que se encuentra participa, del todo, de lo habitual. La vida de Catherine Pere-Verge tiene poco de común y mucho de poco habitual.
De hecho, estamos frente a la dueña -no es el vino una cuestión de escribanos; dueña es una palabra que, para nosotros, dice más que propietaria- de los Chateaux Le Gay -el que está al lado, pegadito casi al Chateau Petrus en el Pomerol bordelés-, Montviel, que no es el vecino de al lado, sino el de la vuelta, para entendernos, La Graviere en la Lalande de Pomerol -que siendo vecinísima a la Appelation, conserva muchas de sus características y, según algunos de los especialistas, es una de las regiones con más futuro de una de las regiones, Burdeos, con más pasado dentro del vino.
La historia de cómo la heredera de una de las cristalerías más importantes de Europa se transformó en una productora del Pomerol, asumiendo, también, de alguna manera, otra forma de la herencia familiar, la contará ella misma (¡esta no es la «mala pregunta»!).
Lo que podemos adelantar, sólo a los fines de continuar el relato, es algo que el lector encontrará apenas entre en la página web de Montviel, la primera de las bodegas que comprara Catherine. Allí va a encontrarse con los nombres que mencionamos hasta ahora y otro más, seguramente muy diferente a los anteriores: Monteviejo. Monteviejo y Clos de los Siete son el nombre de su aventura -una palabra que nuestra entrevistada juzgará, seguramente, como imprecisa- argentina.
Precisemos, aventura no: porque el riesgo parece infinito, pero está minimizado por el conocimiento.
Una de las bodegueras del Pomerol, que viene tres o cuatro veces al año a la Argentina, a realizar el seguimiento de los distintos procesos, junto a Marcelo Molteni, el enólogo que trabaja aquí. Estamos frente a una persona decidida y con capacidad de decisión. Y eso se nota, apenas se acerca, da la mano con fuerza, se pone los anteojos, saluda con una sonrisa enorme y saludable (no sabemos si es más grande que saludable o viceversa), se disculpa por el castellano y se somete un tanto incómoda sin dejar de sonreir por supuesto a la sesión fotográfica. Luego, sentados en el bar, a una hora del día que muchos denominan feliz, correjirá un poco a una moza que trae el jugo de tomate con hielo y continuamente preguntará por ciertas precisiones terminológicas. ¿Cómo se dicen algunos términos? Se va a enojar un par de veces consigo misma por no saber cómo se dicen algunas palabras en castellano. Se va a enfurecer, de hecho es algo que contesta casi sin que se le pregunte, con los enemigos vernáculos de Michel Rolland y nos preguntará sobre nuestra propia experiencia con los vinos de Clos de los Siete o de Monteviejo. Claro que el lector puede pensar que se trata de alguien antipático. No, para nada. No olvidar el detalle de la sonrisa permanente. Una sonrisa que se hace más grande cuando habla de la Argentina. En realidad, cuando habla de los vinos de Argentina: «seguramente no lo vamos a ver ni yo; ni Michel, pero la potencialidad de los vinos de este país es enorme. No digo que sean como los vinos de Burdeos. Pero justamente eso es lo interesante. No son vinos franceses, sino unos hechos con una gran expresión de su terruño y con una gran expresividad».

¿Cómo definiría usted a esos vinos?
Los vinos de Mendoza son sobre todo vinos de sol. Esa es la gran diferencia con los vinos de Burdeos. Los vinos de esta región reciben el sol continuamente, y eso le da mucha expresión frutal y una energía diferente. Nuestros viñedos son muy jóvenes y eso también otorga una personalidad a los vinos. Michel continuamente rescata la personalidad y la energía que tienen.

Monteviejo acaba de lanzar un chardonnay...
Para nosotros mismos, son vinos sorprendentes. Michel dice que es uno de los mejores Chardonnay que conoce. Es muy diferente a los mismos vinos de borgoña. Ofrece aromas muy de la tierra, además de las características centrales de la uva. Son una sorpresa para nosotros, dado que son viñas verdaderamente jóvenes.

¿Como se encontraron con la Argentina?
Fue el mismo Michel Rolland quien nos entusiasmó con la zona. Habló con nosotros y otros colegas franceses o europeos. Fue hablando con cada uno de nosotros y nos fue mostrando las virtudes del lugar. Primero descubrimos el viñedo y después fuimos sumándole tecnología. Los vinos de excelencia cuentan con esa necesidad: una tecnología que apoye a aquello que tiene la tierra. Hace poco leí un reportaje, en una revista, en la que se decía «Rolland go home». Creo que es verdaderamente injusto decir algo así: él ama a la Argentina y nos convenció con su pasión de hacer vinos aquí.

 




 

¿Usted tiene su propio enólogo en Mendoza y un personaje muy fuerte como Michel Rolland trabajando en sus bodegas? ¿Qué es lo que delegan en el enólogo y de qué temas se ocupa personalmente?
La experiencia con Marcelo Molteni es muy gratificante para nosotros. De hecho, no sólo trabaja aquí, sino también que viene a Chateau Le Gay a apoyarnos en el proceso. Pero yendo a lo específico de su pregunta, le diría que nosotros como bodegueros, tenemos que estar de alguna manera en todo, como sucede con el enólogo, pero con una perspectiva diferente. El tema de controlar los gastos, por ejemplo, sin perder la calidad, es apasionante. Pero, al mismo tiempo, es muy exigente. Necesitamos estar cuidando todos los detalles, precisamente para que los enólogos puedan cumplir con su labor y, además, para poder exigirles los estándares que necesitamos.

Una imagen habitual es la del director de una película y el productor, ¿se establece un vínculo así entre ustedes?

En muchos casos se da algo por el estilo. Pero a mí me gusta estar presente en todos los procesos. Participar activamente de cada instancia en el que se trabaja, estar en contacto con cada uno de los protagonistas es clave, ir viendo cómo trabajan.

En la página web de la bodega, hay una foto en la que se la ve en el momento de la cosecha, ¿Está en el momento de la vendimia?
Me encantaría. Ahora no lo hago, por mi espalda. Pero estoy ahí, trabajando codo a codo con cada una de las personas del equipo. Trabajo con ellos y creo que agradecen que uno participe activamente. Es parte de la personalidad de los vinos de excelencia.

El personal de Monteviejo, ¿es argentino?
Ese es uno de los conceptos más importantes del proyecto. Todo el personal de la bodega y del seguimiento, es gente de aquí. Es parte de nuestro orgullo.

¿Qué es lo que más le gusta de la Argentina? ¿Cada cuánto tiempo viene aquí?
Precisamente. La gente. Me gusta estar entre ustedes, lo simpáticos y abiertos que son. Me gusta la gastronomía, las carnes, los hoteles. Pero a no confundirse. Todo eso está en el mundo. Yo vengo al menos tres veces al año y sé que lo que realmente identifica al país, son las personas, la gente que trabaja. Esa es la gran diferencia y lo que más me gusta del país.

¿Además de la Argentina en qué otros países del mundo, en qué otras regiones del vino le gustaría inventir?
Francamente no pienso en otros lugares. Creo que, de adquirir otras bodegas, seguiría pensando en la región del Pomerol. De todos modos, otra zona muy atractiva para mí es la Toscana. Me gustan muchos sus vinos.

¿Qué vinos elige usted para tomar no de forma profesional? ¿Cuáles son sus vinos preferidos?
Es muy difícil contestar a esa pregunta. Hay un punto en el que nuestro mismo trabajo nos marca. Además nos tornamos sumamente exigentes. Le diría que todos los vinos que tomo son necesariamente de categoría Grand Cru. En cuanto a gustos, Pomerol creo que me identifica e identifica los vinos que me interesan.

Usted es parte de una familia líder en el mercado del cristal en Francia, ¿cómo fue que se interesó en el mundo del vino?
Fue una decisión vital. Mi padre, además, me inculcó el amor a la tierra. Me gusta esa vida que tiene que ver con cazar, hacer las mermeladas, estar en contacto con la naturaleza. Me gusta mucho ese modelo y tener la propia bodega me brindó y me brinda continuamente esa posibilidad. Eso es lo que elegí.

Además, tiene dos restaurantes junto a Alain Ducasse, en Estados Unidos y en Francia, ¿Cómo es ese trabajo?
Muy interesante. Con Ducasse pasa algo similar a lo que sucede con Rolland. Son dos personas muy exigentes y un poco difíciles en el día a día. Pero sin dudas son dos artistas.

¿Cuál sería a su juicio la diferencia entre ellos y los demás?
Hacer un vino bueno, o una comida correcta es una cuestión de ciencia. Hay muchas personas que pueden hacerlo en el mundo. Pero los dos tienen algo indefinible y una sensibilidad superior. De una manera misteriosa, haciendo todo lo que hacen los otros van un paso más adelante. Tienen la virtud de convertir lo que hacen en arte. Creo que Alain Ducasse es en el mundo de la gastronomía un personaje análogo a Michel Rolland en los vinos. Siendo muy distintos, se parecen mucho en su estilo, forma de trabajar y en ese plus que le dan a sus productos. Son parte de la identidad de lo que hago.


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