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Vinos & Sabores Revista


Alberto Arizu
Detrás de un gran vino
siempre hay otro gran vino


Y un lugar preponderante para la historia: el tiempo hace su trabajo sobre las vides, los vinos, las personas, las empresas. Aquí Arizu habla de eso: de lo que dura y de lo que perdura.


Su nombre, en vasco, Arizu, significa robledal. Y hay algo en su historia, en toda la historia que vamos a contar, que tiene que ver con el roble: una madera que parece hecha de otro material, la piedra y que sin embargo, es mucho más maleable: madera noble. Se puede tallar y, además, tal como lo demuestran las vetas, está viva. Hay algo vivo que puede tallarse, algo que se transforma, aunque parezca eterno. La eternidad (bueno, no es eternidad, es una duración muy larga) del vino consiste precisamente en su posibilidad de transformarse.

Precisamente esa es la historia que queremos contar: Leoncio Arizu y Luigi Bosca son, además de dos símbolos, dos personas: vinieron, soñaron, tuvieron hijos, plantaron vides. Mucho más no se puede pedir a una vida, ¿no? Ellos pidieron: hicieron un país, un país (bueno, no es un país, pero Mendoza tiene identidad propia, sin dudas, es un paese , como le gustaría a los tanos que llegaron aquí), hecho, precisamente, de gestos que pueden parecer mínimos pero que no lo son. Su abuelo vino de Navarra, empezó una tradición que hoy perdura. Pero, sin duda, es absolutamente distinta que entonces. Los vinos de Luigi Bosca, los de los Arizu, son vinos hoy. Y, sin embargo, son, también, los de la familia. Ese es el misterio del que las líneas siguientes, si cumplen con su objetivo, pueden darnos una escueta clave. ¿Cómo la vanguardia es necesariamente la suma (la extraña matemática) de pasado y presente? Innovar es investigar, también en las raíces. Eso es lo que se llama terroir , al menos, en cuestiones humanas.

Alberto Arizu, uno de los nietos de aquel inmigrante vasco, nos transmite cómo se renueva día a día la empresa familiar que mantiene vivos, desde sus comienzos, el espíritu y la pasión por el vino.

"Detrás de un gran vino siempre hay otro gran vino" -dice Alberto hombre de palabra y de acertadas frases que marcaron el ritmo de la charla que Vinos & Sabores mantuvo con él en una de las salas de degustación de la blanca e imponente bodega de estilo californiano ubicada en Luján de Cuyo, Mendoza.

Según Arizu, la renovación permanente exige un entrenamiento diario. Pero aclara: si no hay compromiso tampoco hay entrenamiento que valga.

De esta manera, en cada una de sus líneas, Finca La Linda, Reserva y Alta Gama, Luigi Bosca, se renueva y sorprende a consumidores de todo el mundo. Hoy, la atención de los amantes de "Luigi" se concentra en sus nuevos productos de alta gama: Gala 1 y 2, presentados recientemente en el mercado, con una impactante y acertada imagen que invita a deleitarse con elegancia. Tres cepas se fusionan ingeniosamente en cada botella.

En el momento de tener que elegir un vino en un mercado mundial de más de 130.000 marcas distintas, es un gran reto para las bodegas llegar y mantenerse entre las preferidas del consumidor. Nadie mejor que Alberto Arizu para referirse al conocimiento personal y minucioso de cada una de sus vides ya que, además de director de la bodega, es un apasionado ingeniero agrónomo que no cesa de recorrer y buscar en sus fincas las mejores cepas y las uvas más "talentosas" que le otorgan carácter único y personal a sus prestigiados vinos.

¿Cuáles son los pro y los contra de manejar una empresa familiar?
En vitivinicultura 20% es talento; pero un 80% es esfuerzo. Se necesita un esfuerzo constante, diario y a muy largo plazo para obtener buenos resultados. Por lo que, aquellos miembros de la familia que realmente demuestran interés y aman esta actividad, participan en la empresa familiar. Los hijos aprenden más de los actos de los padres que de sus palabras. Luego de vernos trabajar y esforzarnos sin límite ya está todo dicho.

Hay que tener un ojo entrenado para detectar el talento del viñedo...
En primer lugar, hay que decir que no existe vino propio sin viñedo propio. Esto significa tener una importante estabilidad de producto a través del tiempo. Después de observar y procurar, durante 40 ó 50 años constantes cuidados a nuestros viñedos, los conocemos como la palma de la mano.

¿Cómo ve posicionada a la Argentina en los próximos años en el escenario vitivinícola mundial?
Por la calidad de vinos que se obtienen en nuestros terruños, Argentina tiene condiciones inmejorables para ocupar uno de los principales puestos de la producción de vinos a nivel mundial. Falta consolidar las proyecciones de conjunto.

Usted es descendiente de españoles y precisamente la industria de ese país es de las que más ha crecido últimamente en cuanto a calidad, capacidad de exportación. ¿Es un modelo para la Argentina? ¿Es un modelo para ustedes como desarrollo?
Ellos han sabido mostrarse al mundo como una unidad: esto le da a la industria un entorno de respaldo, además de una confianza a cada uno de los productores que desean exportar. La calidad ya comenzó a imponerse. La tecnología no tiene fronteras. La clave para construir nuestra imagen en el exterior es presentarnos como un todo y unir los esfuerzos individuales para introducir el "vino argentino" en el mercado internacional. Ya existimos como país productor. Ahora, debemos hacer un esfuerzo mayor para quedar insertos a través de acciones en conjunto.

 

 

 

 

 

 

 



 

¿Cómo ve a los bodegueros argentinos en este sentido?

Los bodegueros argentinos somos difíciles, además de un poco mezquinos entre nosotros. De a poco estamos entendiendo que, tal como dice el Martín Fierro, si no nos unimos nos devoran los de afuera. Y en el exterior, debe existir Argentina, más allá de tal provincia, bodega o vino, en particular. Pero tenemos que entender que el vino que llega al resto del mundo debe ser argentino. A partir de posicionar este concepto, las marcas se irán diferenciando de acuerdo al marketing y a las diversas características de cada una en especial.

De Leoncio Arizu a Luigi Bosca
Luigi Bosca fue un bodeguero italiano del año 1831 que vivió en Argentina. "En aquella época era muy común designar a parientes y amigos íntimos de nuestros padres como tíos. Luigi fue uno de esos tantos «tíos» que tuvimos, cuando chicos, que, probablemente, perteneció a la familia de mi madre, de apellido Ferrari".

Arizu fue el nombre de la sociedad anónima fundada por los primos hermanos de Leoncio Arizu. Ferrari, el apellido materno, pese a que todo iría, realmente, sobre ruedas, no se usó. El apellido Ferrari ya tenía una marca demasiado pregnante: los autos más lujosos del mundo.

Claro que restaba por hacer verdaderos Ferraris entre los vinos. Por otro lado, uno de los descendientes de Luigi Bosca quizo registrar este nombre como marca, a partir de lo cual, Leoncio Arizu comenzó a izarla a particulares y en 1979 fue presentada en el mercado nacional. Fue desde ahí que la empresa creció y se transformó en una suerte de seña de identidad. La gente de la familia Arizu lo sabe y desde ese lugar empezó a instalar algunas cosas que, dentro de la industria tienen que ver precisamente con la identidad. Entre ellas, la D.O.C. Luján de Cuyo.

¿Cómo fue que Luigi Bosca impulsó la primera D.O.C. del país?
Para que una región sea considerada valiosa y reconocida en el mundo han de pasar por lo menos 100 años. Uno de los ejemplos de las denominaciones de origen más destacadas que existen es Burdeos, en Francia, cuya primer A.O.C. data de 1853, aunque allí se elaboren vinos desde hace 1000 años. Nosotros fuimos los impulsores de la creación de la Denominación de Origen Controlada Luján de Cuyo. Desde allí lanzamos el primer Malbec D.O.C. de Argentina y de Latinoamérica.

Más allá de las cepas
Uno suele imaginarse que la actividad de bodeguero es muy absorvente, que todo pasa por ahí. De hecho, la conversación fue hasta ahora por el terreno profesional. Pero el perfil de Alberto Arizu, claramente es más completo. Y está bueno imaginarse que es así. De hecho, el vino es un elemento cultural, que no sólo tiene que ver con la estructura y la técnica. Si usted hablara con Picasso o con Favaloro, es muy difícil que le expliquen un Bypass o el cubismo. Pero su arte (el de los dos, como el de Arizu) adquiere dimensión, perspectiva, cuando lo entendemos dentro de un contexto. Y también la experiencia es la de un empresario de nuestra época.

Amante de los deportes al aire libre, Alberto dedica las primeras horas luego del amanecer a llenar su cuerpo y espíritu de energía vital a través de la gimnasia: sólo después empieza a dedicarse de lleno la compleja tarea de dirigir una de las Bodegas de mayor prestigio del país.

Dentro de su rutina, una de las tareas que cumple de manera religiosa, es leer e informarse diariamente sobre trabajos de investigación en temas de viticultura y enología de todas partes del mundo. -"Hago un repaso diario de las distintas zonas vitivinícolas que existen, de las cualidades de vinos, suelos, climas, microclimas, bodegas y variedades que en cada una se cultivan. Me gusta estar siempre informado, viajar y hacer intercambios con bodegas de otros países, para comprender hacia dónde se encamina la industria a nivel mundial".

Amante de la música, mejor si es armónica y suave, piensa con detalle que los buenos momentos son aquellos que ameritan un Pinot Noir, su preferido, junto a deliciosos y saludables platos mediterráneos, sus predilectos, siempre en compañía de su mujer y de sus hijos y amigos. "El vino no es un placer solitario, merece ser compartido", afirma. "El vino aún siendo un hecho cultural, expresión de una civilización y un concepto de valor, es ante todo un ser apreciable, tangible y sensible". Me atrevo a decir que estas palabras de Alberto no son más que el reflejo de su propia personalidad: "un ser apreciable, tangible y sensible". Y si bien nuestro entrevistado me las entregó escritas de su puño y letra, el final de nuestra charla, se da junto al comienzo de una nueva mirada sobre los vinos de Luigi Bosca. Vinos que renacen continuamente y seguirán renaciendo en la boca de cada amante de la buena vida que los descubra. O redescubra.


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