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Vinos & Sabores Revista
Beber a Bordo

Así como los mayores encantos del vino están en sus matices cromáticos y en sus aromas; una navegación distendida, bajo un cielo despejado y con vientos tenues, invita a un buen almuerzo a bordo, regado por buenos vinos, siempre y cuando lo permita la generosidad y aptitud culinaria de algún tripulante.
Con el correr de las horas, aparecerá el inefable dicho: "no vimos la boya. O la sacaron o estábamos borrachos". Pero esa es otra historia
Hernán Alvarez Forn cuenta en su libro Antarkticos - un apasionante relato de su viaje a la Antártida a bordo del velero Pequod- que por el reducido espacio de estiba disponible en la embarcación, prefirió con su tripulación optar por la calidad y tomar solamente una botella por día...que se complementaba a la tarde con algo de whisky.
Bertie Reed es una leyenda en la náutica mundial. Fue el primer sudafricano que navegó tres veces en solitario alrededor del mundo. Reed participó en una larga lista de regatas oceánicas y ganó más premios de los que él mismo puede recordar. Actualmente es dueño del conocido restaurante en Gordon's Bay: Bertie's Mooring, en la costa sudafricana. Como gran artesano, él mismo construyó todos los interiores del lugar, incluyendo el bar, hecho con la madera de los barriles de vino.
Tomados al azar, quién sabe si estos navegantes, como tantos otros, crecieron oyendo las historias de Simbad el Marino, las mismas que fueron gestadas mientras Simbad bebía su copa de vino.
Muchos años antes que Reed y Alvarez Forn, e incluso Simbad, los griegos se refirieron al vino con la aparición de un dios llamado Bacchus: el Dios de la fertilidad y el vino. No importa qué nombre le dieron a Baco romanos y egipcios. Lo que sí importa es que todas las celebraciones fueron hechas para festejar el regalo del vino.
En términos generales, cabe hablar de un criterio para calificar y seleccionar los vino, y de otro para disfrutarlos. Y dicen los que saben, que es preferible no beber en solitario. El vino es una bebida convivencial y tiene que ser compartido. Esta debe ser una de las razones por la cual la relación entre navegar y beber es tan estrecha. El descorche, es una operación sagrada, que a bordo pasa a elevarse a la categoría de ritual, siempre acompañado de un sentimiento gozoso; el del reparo que ofrece un puerto cuando se llega después de un temporal; el del velero que es echado al agua por primera vez; el del festejo por la regata ganada. El de mirar la luna llena a través de las velas. Dicen que la noche cabe en una copa.
El aperitivo es un gran momento a tener en cuenta. El objetivo -a bordo- no es otro que el de entretener al estómago, mientras el tripulante cocinero y algún eventual ayudante dan los últimos toques a la comida. Ya no como discípulos del gran Bevinson - almirante inglés conocidísimo por su amor a la botella- sino que, con independencia de la hora de partida -en la mañana temprano o cercano el mediodía- en el aperitivo vale todo: cervecitas, vinos blancos y tintos (los rosados gozan de poco crédito) y los inigualables gin-tonics y el vermouth (por supuesto rojo).

 

 

 



 

Para el caso de tripulaciones epicúreas es recomendable seguir los pasos de Hemingway: un martini servido en una copa de pie, helada, con un chorrito de vermouth rojo que acompañando el rolido de las olas barrene en la copa... y el mundo ya no será el mismo después de ese momento.

Quienes abrevan en los anales de las tradiciones náuticas, suelen desestimar el embarque de bebidas alcohólicas. Pero como el mundo se divide entre sumisos y valientes, sibaritas y disciplinados; estamos en condiciones de plantear un dilema existencial : ¿tinto o blanco? ¿ vino o champagne ? ¿cerveza o bebidas blancas?. A fuerza de ser justos, cada bebida tiene su momento, pero en algo estaremos de acuerdo. En todos se celebra algo. ¿Qué es ese "algo" que es común a los que navegan ? Intentemos una respuesta posible: navegar es como una metáfora de la vida: "si no puedes cambiar la dirección del viento, al menos podrás orientar las velas". De resultas: la náutica templa el espíritu casi tanto como el vino. Descubrir derroteros, a veces sin más compañía de la naturaleza que la línea del horizonte, repleta los sentidos de una extraordinaria sensación de libertad. Aunque los navegantes sepamos que ésta es una sensación subjetiva. Pero la subjetividad es también el más maravilloso atributo que alguien tiene para aproximarse a una copa de vino. Cabernet Sauvignon, Malbec, Syrah, o tal vez un Tempranillo. Una variedad para cada paladar. En el mundo de las sensaciones, la subjetividad reina.
Avanzando un poco más para no dejar la idea inconclusa, la tarea por delante sería: busque entre sus amigos alguien afecto a la náutica. Persuádalo de las bondades de contarlo en su tripulación. Prometa buena disposición y amable compañía. Antes de embarcar, pase por el súper e invierta en -al menos- una botella de vino. Sorprenda a sus amigos llegando a tiempo para la partida. Espere a que las velas flameen portando todo el viento de que son capaces y recién ahí, previa autorización del Capitán, descorche su botella, mire al cielo y compártala. Deje que los sabores y aromas invadan el paladar y el ruido del viento le devuelva esa olvidada sensación de libertad.
Un vino a bordo en agradable y am-istosa compañía es tonificante, relaja el espíritu, favorece el diálogo y el humor y combate el estrés. Donde podría conseguirse tanto por tan poco ?
Después de todo, y valgan las analogías, el agua es un medio amigable sin importar si elegimos mar o río, y es un símbolo de maternidad y fertilidad por naturaleza. La vida comenzó en el océano y es liquido nuestro hábitat natural durante los meses de gestación . El discreto encanto de navegar nos hace mecer (cuando la climatología no se ensaña demasiado con nosotros) casi con el mismo movimiento, trayendo a nuestra memoria aquellos paraísos perdidos. Y mientras tanto, en otro lugar de la escena, un vino aguarda por nosotros, a la espera de ser rescatado de su posición horizontal en alguna oculta bodega de a bordo. A nosotros sólo nos queda elegir el momento de fusionar la pasión de navegar con el placer de ver mecerse el vino en nuestra copa.


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